El Correo: „Un confidente hitleriano en el País Vasco“

El periodista alemán Ingo Niebel reconstruye la trayectoria de Wilhem Wakonigg en su libro ‚Al infierno o a la gloria‘

IRATXE GÓMEZ | BILBAO

Frente al diplomático, un pelotón de ejecución espera la orden para disparar. Sin escapatoria. Su cuerpo cae junto a la tapia del cementerio de Derio, pero es enterrado en el panteón familiar, al pie de la basílica de Begoña. Un hecho peculiar al tratarse del trágico final de un ciudadano austriaco. De un confidente de Hitler. La historia del antiguo cónsul de Austria en Bilbao Wilhelm Wakonigg destapa el más destacado caso de espionaje al que se enfrentó el Gobierno vasco en los albores de la Guerra Civil. El de una persona que trató de abrir una vía de negocio entre la industria vizcaína y la Alemania nazi.

El historiador y periodista alemán Ingo Niebel reconstruye con rigor este suceso en su libro ‚Al infierno o a la gloria‘ (Alberdania). En su empeño de aclarar la verdad, el autor ha buceado en documentos de la época, dispersos en archivos vascos, españoles, alemanes y austriacos. El resultado es una crónica vivaz, situada en la preguerra y los inicios del Alzamiento, que detalla la actuación de Wakonigg.

Intento de fuga

«Se instaló en Bilbao en 1905 como ingeniero y se casó con una mujer de la clase alta. Su hija contrajo matrimonio con Luis Ortúzar, que en 1936 dirigió la Ertzaintza», explica Niebel. Su buena posición influyó también en su carrera diplomática y pronto alcanzó el cargo de cónsul de su país, Austria.

Durante su estancia en la capital vizcaína no perdió tiempo para recabar información para el bando sublevado. Asimismo ayudó a sacar del país a detenidos falangistas con la ayuda de la Armada alemana. «Por su rango social y sus contactos pensaba que no le podía pasar nada», desvela el autor. Wakonigg se equivocó. El 28 de octubre de 1936 fue detenido cuando pretendía embarcar en el destructor inglés ‚Exmouth‘ en Las Arenas. «En su maleta, sin doble fondo, llevaba información secreta y la Policía no pudo cerrar los ojos».

Bajo sus brazos, el cónsul llevaba documentación muy comprometida: los proyectos de fortificación de Bilbao, datos sobre la economía y la industria de la zona y cartas comprometedoras. El resultado no pudo ser otro. El 17 de noviembre un tribunal popular en el Casco Viejo le condenó a pena de muerte por traición consumada. Antes de su fusilamiento, a los 61 años, gritó: ‚¡Heil Hitler!‘.

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